Discurso Pastoral del Obispo Johnston

Discurso Pastoral del Obispo Johnston

Este 217o Concilio Anual de la Diócesis de Virginia marca el quinto aniversario de mi elección como su obispo - cinco años - y este es mi tercer discurso que he dado como su obispo diocesano. Cada uno de mis discursos anteriores ha considerado una variedad de temas: informes del estado de la Diócesis o informes anuales relacionados con las diferentes actividades y situaciones, así como expresiones de gratitud para todos aquellos que participan activamente. Pero ahora quisiera hacer algo diferente: tratar un tópico. Quisiera que consideremos en líneas generales, los valores del ser una “diócesis grande.”

Creo que este es el momento oportuno para hacerlo. Como su obispo frecuentemente he escuchado sobre las dificultades del tamaño de nuestra diócesis: falta de contacto personal, no poder conocer bien a los líderes y colegas, las visitas episcopales por la tarde que no son tan ideales o los grandes esfuerzos necesarios para hacer cosas ordinarias. Y, especialmente, recientemente hemos ponderado los problemas causados por el financiamiento inadecuado para un sistema diocesano de nuestro tamaño. A pesar de la seriedad de estas preocupaciones, creo que hemos llegado a quedarnos enredados en estos problemas. Por lo menos, a veces a mí me ha pasado. Pero quiero estar seguro de que no perdamos la perspectiva, así que ha llegado el momento de hablar sobre lo bueno de ser una diócesis “grande.” Consideremos las oportunidades, privilegios, recursos y la gran dinámica que se genera al ser una de las diócesis más grandes de la Iglesia Episcopal.

Reconozcamos que es hora de pensar y vivir más intencionalmente las distintivas ventajas que tenemos como la Diócesis de Virginia. Por favor noten que haré esta clase de inventario en un espíritu de verdadera humildad, estando muy consciente de haber sido bendecidos por generaciones pasadas: generosas y santas. También, al considerarnos como un sistema diocesano no debemos olvidar que de quienes mucho les es dado, mucho se espera. Precisamente por los grandes dones que nos han sido confiados, la Diócesis de Virginia debe ser un eficaz líder administrativo de tan valiosos recursos, haciendo un uso prudente de todo lo que tenemos para poder sustentar el avance del Evangelio de Jesucristo y del Reino de Dios.

Lo primero que pienso es que de hecho tenemos grandes recursos financieros disponibles para sustentar las necesidades del ministerio diocesano. Es cierto; para poder satisfacer las necesidades y expectativas comunes necesitamos más dinero para el presupuesto diocesano, pero nos ha sido posible servir a nuestras congregaciones atentamente, personalmente y provechosamente.

Nuestra amplitud y nuestra fortaleza como una diócesis grande significa que en lo que respecta al personal, debemos atraer y mantener a funcionarios excepcionales y, por cierto, lo hemos logrado. Me faltan las palabras para describir la excepcional dedicación personal de nuestros funcionarios de la Diócesis de Virginia. Todos y cada uno de ellos es verdaderamente extraordinario. Nunca he trabajado con un grupo mejor. Les gusta hacer lo que hacen y aprecian a sus colegas. No se debe dudar de que no se les pague lo suficiente, pero tampoco se puede dudar de que ellos superen todas las expectativas. Nuestros funcionarios pueden servir a las congregaciones con programas de mayordomía, juventud, comunicaciones y relaciones públicas, viajes misioneros, reclutamiento del clero y transiciones, ministerios con adultos jóvenes, educación cristiana, ministerio en crisis, finanzas, cuidado pastoral del clero y desarrollo congregacional... y esto son sólo algunos de los recursos que más a menudo se requieren.

Al mismo tiempo podemos dedicar un buen porcentaje (21%) de nuestro presupuesto anual para el ministerio y la misión más allá de nosotros mismos pues, debido a nuestros recursos, es lo que debemos hacer. Al contar con una gran cantidad de promesas para el presupuesto diocesano es posible que cuando todos aportamos un poquito más, es posible lograr mucho para el beneficio de todos. Como obispo, estoy agradecido por que no tenemos que depender de unos pocos para poder hacer tanto. Tener a tantos que hacen lo suyo para aportar para el bien de todos es un buen síntoma de una diócesis saludable.

También he notado que teniendo una gran cantidad de familias e individuos que pueden ofrecer ayuda financiera nos ha sido posible hacer contribuciones importantes para tareas de respuesta a emergencias y desastres: cuando muchas manos se aúnan podemos también lograr mucho. Personalmente les puedo decir que ya sea en Haití, Japón o Joplin, Missouri, la cantidad de dinero que pudimos recaudar rápidamente en la diócesis ha sido apreciado profundamente por todos los que se encontraban en catastróficas necesidades.

Nuestras 181 congregaciones incorporan unos 82,000 miembros bautizados y esto quiere decir que tenemos recursos y talentos más que suficientes para servir a Cristo por medio de nuestros ministerios diocesanos. Por esto estoy tan comprometido de la visión a largo plazo de contar con misioneros de tiempo completos en los Colegios y Universidades dentro de nuestra diócesis. Esta clase de ministerio es vital, tanto para los estudiantes como para la formación de la Iglesia, tanto en el presente como en el futuro. Simplemente debemos hacerlo; no existen razones o excusas para no hacerlo.

Por otra parte, la tarea de nuestras comisiones y comités diocesanos es sólida.  Su tarea alcanza todas las congregaciones de nuestra diócesis. Ustedes tal vez podrán conocer una muestra de su trabajo durante los talleres de nuestro Concilio o, por lo menos, visitar el área de exposiciones para explorar las muchas oportunidades de ministerio que nos presentan.

Todo esto es posible teniendo una gran cantidad de personas que pueden ofrecerse para servir en funciones de líderes o de ayudantes. Podemos encontrar mucha gente talentosa en nuestro medio y no tenemos que depender de unos pocos trabajando permanentemente para hacer la tarea que nuestros ministerios diocesanos demandan. Así que siéntanse animados a involucrarse en las áreas donde sus dones e intereses les impulsan. Si alguien no sabe como involucrarse más, pregunte a su sacerdote, deán o presidente de la región o a uno de nuestros funcionarios. Cualquiera de nosotros estará muy contento de poder orientarle.

La presencia de tantas personas involucradas indica que tenemos la oportunidad para tener mayor diversidad que en otras partes de la Iglesia Episcopal. Vivimos en un área con una gran variedad demográfica exponiendo diferentes nacionalidades y grupos étnicos con ricas oportunidades para ministerio y evangelismo. Nuestras congregaciones afroamericanas, africanas, latinas, asiáticoamericanas y multiculturales – una de las cuales destacaremos – no sólo son un poderoso recordatorio de nuestro desarrollo como diócesis sino también son fuentes de conocimientos y sabiduría para enseñarnos a hacer las cosas mejor. ¿Estamos escuchándoles? ¿Las vemos? Me parece que uno debería querer mirar hacia otro lado para no notar esta impresionante realidad entre nosotros. Y creo que debería entusiasmarnos el poder ministrar y evangelizar siendo como un microcosmo de toda la Comunión Anglicana.

Con tanta gente y tanta diversidad tenemos una rica variedad de personas dentro de nuestra diócesis con vocaciones hacia el ministerio ordenado y que están siendo ordenados para la Iglesia aquí en Virginia. Los números dan testimonio de que nuestra diócesis tiene una vibrante cultura para el discernimiento vocacional y la ordenación. Tenemos 59 personas en formación para ordenación y otras 40 que están en las etapas exploratorias: 99 personas en total se encuentran en algún nivel de formación. Además de tener en nuestro medio al seminario anglicano más grande e importante en el mundo, tenemos postulantes que asisten a otros seminarios, dando así una gran variedad de experiencias formativas en la espiritualidad de nuestro clero. Y no podemos ignorar que el tamaño y el impacto de nuestra diócesis atraen a muchos clérigos de otras diócesis y regiones del país, asegurando así que no caigamos presa de una especie de provincialismo limitante.

Cualquier clase de provincialismo podría parecer muy poco probable en una diócesis como la nuestra. Creo que entre las diócesis que conozco, somos la que tiene mayor orientación hacia el exterior. La Diócesis de Virginia probablemente tiene más enlaces, relaciones personales y de compañerismo fuera de nuestros límites diocesanos que cualquier otra diócesis anglicana. Los números nos presentan una realidad muy convincente. Actualmente tenemos ministerios con 40 diócesis internacionales involucrando a 75 congregaciones de Virginia. Este es un testimonio muy impresionante y uno que debemos celebrar. Pero 75 es una cantidad inferior a la mitad de nuestras congregaciones; así que, me parece, tenemos bastante para hacer en nuestros ministerios internacionales. Dentro de los Estados Unidos, las iglesias de la Diócesis de Virginia han realizado 102 viajes misioneros durante el periodo de 18 meses entre 2010-2011, incluyendo viajes a la Apalachia, Luisiana y Misisipi, Iowa, las reservaciones nativoamericanas y varias áreas urbanas de nuestro país.

Pero no se trata de cantidad; se trata de la calidad y la fidelidad de estas relaciones misioneras. Lo que estamos hacienda en tan gran escala es una respuesta directa al mandamiento de Cristo: “Id a todas las naciones y predicad el Evangelio.” No se equivoquen: estos ministerios son un imperativo del Evangelio y transforman las vidas de las miles y miles de personas que alcanzamos. Pero estos lazos también son formativos y transformativos para nosotros. La verdadera misión otorga autenticidad y legitimidad a los misioneros. Piensen cómo todo esto nos forma en quiénes somos y cómo percibimos las cosas. Y sé que la principal razón para que podamos hacer esta obra es porque podemos ofrendar el apoyo corporativo que estos esfuerzos externos hacen necesarios. Francamente, no hay muchas diócesis que puedan hacer todo esto. Deberíamos sentirnos muy agradecidos que no sólo tenemos los recursos sino también las personas y el conocimiento para ministrar de esta forma a nuestro pueblo.

Tengo tanta confianza en nuestra capacidad de hacer obra misionera más allá de nuestras fronteras y estoy tan comprometido con la Comunión Anglicana que he establecido como meta diocesana tener relaciones ministeriales con cada una de las provincias de la Comunión Anglicana. Ya tenemos contactos en 20 de las 34 provincias. Cuando lo logremos, la Diócesis de Virginia será la única en el anglicanismo de haberlo logrado.

Nuestro tamaño, visión y alcance indican que también podemos hacerlo cerca de nosotros. La simple formula de tener fuerza por la cantidad indica que podemos ser líderes, cada uno de nosotros, en tareas de abogacía al nivel local y estatal. Hemos sido bendecidos con una voz fuerte – un grupo social que es muy grande para ser ignorado – y también hemos sido bendecidos por una historia que impone seriedad a nuestro testimonio. Nuevamente, nos encontramos siendo mayordomos que han sido llamados a promover cambios porque simplemente podemos hacerlo.

Podemos impactar la oficina del gobernador y la Asamblea General. Tanto desde mi propia oficina como por nuestra asociación con el Centro Interreligioso de Virginia para Política Pública (“Virginia Interfaith Center for Public Policy”), con el Consejo de Iglesias de Virginia y la Confraternidad “LARCUM” (Luteranos, Anglicanos, Católico Romanos y Metodistas Unidos) lo hemos hecho y continuaremos haciéndolo. Yo creo que ahora está en juego la justicia para los pobres y la protección de fondos para la “red de seguridad” que asegura su atención. Esta es la clase de abogacía a la que podemos prestar nuestra voz. El financiamiento de estas “redes de seguridad” está en gran peligro y nuestra voz debe hacerse escuchar ¡ahora! Involúcrese personalmente.

Reúna a amigos con las mismas preocupaciones. Regiones de la Diócesis de Virginia: Organícense y hagan oír su voz.  Reúnanse con otras regiones y hagan que su voz se escuche más fuerte. Puedo decirles que personalmente he tenido una experiencia muy positive trabajando con la oficina del gobernador y los delegados de la Asamblea General. El gobierno de nuestra mancomunidad sabe escuchar y responder. Me imagino que será lo mismo en relación con las estructuras de gobierno local cuando unimos nuestras todas nuestras voces episcopales para hablar sobre la visión evangélica de asegurar las necesidades básicas de alimento, vestimenta y vivienda para todos los necesitados. Debemos usar nuestra pujanza para mantener inamovible el valor de la dignidad y valor de cada persona.

Naturalmente, hay algunos temas domésticos que no necesitan estas medidas de cabildeo. Pero esto no quiere decir que son menos importantes o que no deben ser mencionadas en un discurso pastoral. Estos son los temas diarios y anuales de la formación cristiana que debemos apreciar desde el punto de vista de una diócesis grande y entonces, movilizarnos.

He aquí un ejemplo muy concreto: hablé con muchos obispos que me cuentan sus dificultades con sus centros para conferencias y campamentos. Me han descrito lugares inadecuados o poco atractivos, con poco mantenimiento o sumergidos en las deudas. Algunas diócesis no tienen ningún centro de campamentos o conferencias y deben alquilarlos. Nosotros fuimos tan bendecidos que no sólo tenemos un centro, sino tenemos dos centros de gran categoría. Contando con recursos como los de Shrine Mont y Roslyn podríamos fácilmente dar por sentado un aspecto tan importante de la vida diocesana.

Pero debemos considerar cuán afortunados somos. Ambos centros tienen sólidos cimientos económicos y, con el apoyo de esta diócesis, ambos sitios cuentan con financiamiento adecuado. Pero aun así, este año debemos responder al desafío de hacer mejoras muy necesarias en el Centro Shrine Mont así como ofrecer becas para quienes no pueden pagar su campamento. Estaremos considerando estos temas a medida que se aproxima el 50o aniversario de Shrine Mont: este es un lugar único en la vida de la diócesis y no podemos dejar de cumplir nuestras metas para apoyar y asegurar su futuro. Y con la cantidad de personas que han sido tocadas y formadas por este lugar tan especial, no podemos dudar que tendremos éxito. La mayordomía de Shrine Mont y nuestros campamentos es un desafío grande que sin duda una diócesis “grande” podrá responder.

Con los excelentes programas y administración de los centros Roslyn y Shrine Mont, estamos en condiciones de apoyar la formación y el crecimiento en la fe de cientos y cientos de jóvenes, y miles de asistentes a retiros y conferencias en ambos centros. Los “retiros parroquiales” de fin de semana son un aspecto de la vida de la Diócesis de Virginia con pocos paralelos.  Los campamentos, retiros de las juntas parroquiales, encuentros y retiros personales muestran que disponemos la capacidad de hacer un impacto muy especial en las vidas espirituales un importante porcentaje de nuestros miembros comulgantes fuera de la parroquia o la congregación. Y, como muchos podrán decirlo, a veces es necesario un cambio de ambiento – algo tan sencillo – para volver a retomar la perspectiva espiritual o descubrir algo nuevo. Tanto Roslyn como Shrine Mont pueden ofrecer este cambio perfectamente, tanto para adultos como para jóvenes pues están asegurados por la vida de una diócesis grande y con muchos recursos.

Ahora bien, como todos saben, durante los últimos cinco años nuestro tamaño, recursos y capacidades han sido escudriñados por todo el mundo. Nuestra diócesis está pasando por una serie compleja de circunstancias relacionadas con nuestro esfuerzo en recuperar propiedades episcopales para la misión y el ministerio de la Iglesia Episcopal en la Diócesis de Virginia. Sería un gran error describir simplemente esto como una batalla “legal.” Por el contrario, esencialmente (y nadie se equivoque) es sobre la teología, lo que significa que somos como iglesia en relación con Cristo y con el mundo. Nuestro sistema de gobierno está en juego, así como la forma antigua y particular de ser iglesia.  Entonces, no es nada más ni nada menos nuestra fe puesta en juego. Por lo tanto es necesario algo más que un tribunal para arreglar las cosas. Por ahora, nuestros esfuerzos están dando bastante fruto, pero tener este fruto en nuestras manos hace que nuestra vida eclesiástica se haga más compleja.

A pesar de los recientes veredictos a nuestro favor, simplemente no sabemos lo que nos depara el futuro. Sin embargo, tenemos razones para sentirnos más confiados que nuestras propiedades nos serán devueltas. Durante casi dos años hemos considerado y discutido este resultado positivo y ahora debemos poner en marcha nuestros planes de contingencia. Estaremos preparados para cualquier eventualidad. Por ahora, quiero esbozar algunos planes que involucran nuestra misión, ministerio y administración (que, les recuerdo, Pablo indica que es un don espiritual) de la diócesis.

Esta es precisamente la razón de exponer el tema general de las ventajas de ser una diócesis grande. Al fin de cuentas, ya que nos ha sido posible defender nuestro caso durante un largo y costoso proceso judicial, creo firmemente que durante los próximos meses y años podremos hacer todo lo necesario para ser fieles a la misión de la iglesia con relación a cada una de las propiedades involucradas. Y, tal como lo he venido diciendo, en realidad tenemos la fuerza necesaria para poder hacerlo. Ciertamente, lo que tenemos por delante requerirá que trabajemos juntos como una iglesia y misión diocesana. En este momento estamos enfrentando muchas preguntas y desafíos, pero ciertamente, no tengo dudas: podremos hacerles frente.

El futuro tiene abundantes posibilidades. Realmente esta es una época histórica en la vida de nuestra diócesis. No exagero al decir que este es uno de los momentos más definitorios durante nuestros 400 años de historia. ¡Este es un momento muy especial! Pero, ¡atención! Pues dentro de los próximos meses y en algunos casos, tal vez años, habrá que pasar por un periodo de discernimiento antes de tomar decisiones. Pero, mediante la gracia de nuestro Señor Jesucristo y en el poder del Espíritu Santo, ahora estamos entrando a una época de claridad y confianza.

Para asegurar esta claridad y apoyar nuestra confianza quiero anunciarles la creación de algo que estamos llamando “Dayspring” (Alborada). Así hemos llamado a un plan amplio e integral para generar visión y estrategia y su ejecución para (1) apoyar a las congregaciones continuantes; (2) para recomenzar congregaciones donde tengamos propiedades; (3) reclutamiento y emplazamiento del clero donde sea necesario; y (4) nuestra determinación del uso o disposición de las propiedades o bienes que nos devuelvan. Yo voy a dirigir personalmente esta iniciativa y nombraré a un asistente que trabajará para ayudarme a administrar a tres equipos diferentes: Visión y Estrategia; Recursos; y Comunicaciones.

El equipo de Visión y Estrategia estará encargado de definir la visión para el ministerio de las congregaciones episcopales y de las propiedades que nos devolverán. Recursos estará encargado de todos los aspectos administrativos que inevitablemente serán necesarios. Comunicaciones servirá para explicar tanto a la diócesis como al mundo la tarea redentora que encararemos con “Dayspring” (Alborada). Cada equipo estará presidido por un líder experimentado que reclutará y trabajará con los profesionales de varios campos empresariales que necesitaremos debido a la magnitud del emprendimiento. Estamos comenzando el proceso de reclutamiento de estos equipos y en un futuro próximo podremos anunciar su composición. Este será el momento oportuno para lanzar oficialmente a la iniciativa "Dayspring."

Dadas estas consideraciones sobre esta iniciativa hay un punto que está totalmente involucrado con la misión: debe existir un espíritu generoso en donde y en cuanto sea posible. Desde el aspecto puramente práctico esto quiere decir que si y cuando la sentencia se haga firme y hayamos recuperado las propiedades en cuestión no habrá ninguna comunidad de fe ni ministerio que será desalojado sumariamente. Estaremos abiertos a cualquier acuerdo creativo, provisión generosa y verdadera mutualidad al mismo tiempo que protegeremos nuestros propios ministerios y la integridad de nuestro testimonio.

El ministerio de Jesucristo, supremo y sobrecogedor, supera las diferencias culturales y los desacuerdos intelectuales, incluso nuestras discusiones sobre el mismo significado de las Escrituras. El Evangelio nos muestra a Jesús actuando de esta misma manera y nos corresponde a nosotros, sus discípulos, hacer lo mismo. Quiero que demos un testimonio al mundo, particularmente al mundo anglicano, y no simplemente mostrar un veredicto del tribunal. Yo creo que la Diócesis de Virginia es la diócesis mejor ubicada para dar este testimonio tan trascendental.

Y dado todo esto, debemos volver a lo fundamental. ¿Por qué nuestras oportunidades, recursos y dinámica como una diócesis grande son tan importantes? ¿Por qué debemos preocuparnos por nuestro tamaño si la misión es lo principal? La respuesta se encuentra no en tanto como nos definen, sino en quien nos define a nosotros: El Cristo Resucitado. Jesús, Salvador y Señor quien es tanto nuestro comienzo como nuestro fin. La Iglesia, aunque imperfecta, no es nada menos que su Cuerpo en este mundo: y esto es lo que somos.

La iglesia existe para encarnar el ministerio de Cristo en la vida humana; esto es lo que hacemos. Nuestra Regla de Vida es el Pacto Bautismal, donde declaramos claramente nuestra fe y hacemos promesas muy particulares sobre la forma en que viviremos con la ayuda de Dios. Y esta es la clave: Dios es nuestro ayudador – nuestra fuente de gracia, fortaleza y sustento. No es posible negar que la Diócesis de Virginia haya sido provista en forma abundante y práctica. En la diócesis tenemos lo que tenemos y en estos momentos somos lo que somos por providencia divina. Esta Providencia seguramente nos está llamando a hacer grandes cosas, pero aun todo esto debe comenzar haciendo y nutriendo nuevos discípulos del Hijo de Dios y quienes servirán al mundo en su nombre. Lo primero es lo primero.

Todo lo que he dicho sobre ser una diócesis “grande” a pesar de los extraordinarios desafíos y oportunidades está enraizado y tiene implicaciones en nuestras cinco prioridades para la misión y el ministerio: (1) Jóvenes y formación de adultos jóvenes; (2) Fortalecimiento de nuestras congregaciones; (3) Evangelismo y proclamación; (4) Ministerio más allá de nuestra fronteras; y (5) Congregaciones multiculturales y étnicas. A pesar de todo lo que tenemos por delante, debemos permanecer concentrados y definidos por nuestro compromiso a estas prioridades misioneras. Sin perder de vista los aspectos fundamentales, ofreceremos nuestros abundantes recursos para apoyar los ministerios normativos de la vida de la Iglesia y los desafíos extraordinarios. Sí; se espera mucho de quienes mucho han recibido.

Pero tengamos confianza. Dios es fiel y generoso y continuará bendiciendo a la Diócesis de Virginia en su servicio de nuestro Señor Jesucristo: “Ahora. Y para siempre.”